Por Hernán Alejandro Olano García.
Hace 36 años, un barrio de Madrid, España, se declaró independiente y se autoproclamó “reino” por la falta de respuesta de las autoridades ante las necesidades básicas de sus vecinos. Hoy, cuando observamos cómo en Colombia las ciudades parecen cada vez más sitiarse en sus propias lógicas de abandono —con delincuencia sin control, obras públicas eternas e indolencia institucional— no podemos dejar de ver un paralelo inquietante. Las calles bloqueadas, los vecinos exaltados, las rutas de Transmilenio cortadas y los delincuentes envalentonados convierten nuestros barrios bogotanos en reinos… pero del terror. No falta mucho para que algunos sigan, irónicamente, el ejemplo de Belmonte, el efímero reino madrileño, aunque con consecuencias mucho más dolorosas.
Resulta que en el verano de 1990, los vecinos de Cerro Belmonte, una pequeña comunidad de menos de 300 habitantes en el entonces periférico barrio madrileño actualmente conocido como Valdezarza, recibieron una noticia devastadora: el Ayuntamiento de Madrid planeaba expropiar sus casas en un intento de modernizar y rehabilitar la ciudad. Las viviendas, que muchos habían construido con sus propias manos tras emigrar de zonas rurales de España décadas atrás, eran su vida entera. La compensación propuesta por el consistorio era una burla: apenas 5.018 pesetas por metro cuadrado, cuando en la zona el valor real era mucho mayor.
Frente a lo que consideraban injusticia, los vecinos decidieron organizar un referéndum dentro de la comunidad: 212 votaron a favor y 2 en contra de declararse independientes de Madrid. Así nació, simbólicamente, el “Reino de Cerro Belmonte”. Diseñaron una bandera, compusieron un himno y acuñaron una moneda propia, el belmonteño, que representaba precisamente el valor insultante que les ofrecían por sus hogares.
Más allá de los símbolos, la acción buscaba llamar la atención al conflicto y a la desatención de las administraciones. Para ello, los vecinos incluso escribieron a la ONU y al Papa, y en un acto tan surrealista como efectivo, solicitaron asilo político a la Embajada de Cuba, en pleno contexto de tensiones entre España y Cuba. La respuesta fue extraordinaria: Fidel Castro dedicó parte de un discurso público al caso, y 25 vecinos fueron invitados a visitar la isla.
¿Un Reino Eterno? No. Una Lección Permanente
La independencia duró apenas una semana. Pese a toda la teatralidad revolucionaria —bandera, himno punk con letras como “queremos pan, queremos vino…” y frontera simbólica con peaje— lo que realmente obtuvo la comunidad fue visibilidad ante un problema estructural. La presión mediática y social obligó al Ayuntamiento a retirar el plan de expropiación y abrir negociaciones más dignas con los vecinos.
Hoy, las calles de Valdezarza han cambiado, pero la memoria del Reino de Belmonte sigue siendo emblemática. No se trató de un Estado reconocido, ni de un territorio que escapara a las leyes, sino de un acto colectivo de protesta —una metáfora política de resistencia— que consiguió detener un atropello administrativo.
Si Belmonte representa el ingenio popular frente a la injusticia, su eco en Colombia debería ser también una advertencia: cuando las instituciones fallan en su deber, el vacío no queda sin respuesta; la respuesta brota —a veces desesperada— desde las bases de la comunidad. Aquí, en nuestros barrios sitiados por la violencia, la ausencia del Estado no se responde con himnos pintorescos, sino con miedo, violencia y resignación.
Que la historia de Belmonte no sea motivo de burla, sino una invitación a repensar la relación entre ciudadanía y Estado: ni reinos de terror ni silencios cómplices, sino respuestas institucionales reales a las necesidades de la gente.